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Sobre el concepto
resiliencia encontramos algunas definiciones centradas en el campo de
las ciencias sociales y naturales. En este artículo nos interesa indagar
sobre sus alcances conceptuales con relación a la temática ambiental y
del papel que las comunidades locales y los ecosistemas cumplen en la
interacción sociedad-naturaleza.
“La Resiliencia en
el Desarrollo Sostenible: algunas consideraciones teóricas en el campo
social y ambiental”
Sobre el concepto
resiliencia encontramos algunas definiciones centradas en el campo de
las ciencias sociales y naturales. En este artículo nos interesa indagar
sobre sus alcances conceptuales con relación a la temática ambiental y
del papel que las comunidades locales y los ecosistemas cumplen en la
interacción sociedad-naturaleza. De que forma esta relación influye en
el grado de resiliencia y sostenibilidad de los ecosistemas, los medios
y condiciones de vida de las poblaciones locales y sus posibilidades de
desarrollo.
La palabra
“resiliencia” -según el diccionario- deriva del latín resiliens,
entis, que significa “que salta hacia arriba”, y en su
acepción general se le describe como “elasticidad”. Por otro lado, se
menciona que la definición del término proviene del campo de la física,
refiriéndose “a la capacidad de un material de recobrar su forma
original después de haber estado sometido a altas presiones”. Se
señala también que posteriormente este concepto se extendió -por
analogía- al ámbito social, definiéndolo en forma general como “la
facultad humana que permite a las personas, a pesar de atravesar
situaciones adversas, lograr
salir no solamente a
salvo, sino aún transformados por la experiencia.” [1]
El concepto
“resiliencia” en el campo social y humano.
Existen otras
definiciones similares de “resiliencia” en el campo social y humano
[2]: Gloria Laengle, señala: "Es la capacidad del ser humano de
sobreponerse a sus dificultades y al mismo tiempo aprender de sus
errores". Por otro lado, Ángela Quintero, refiere como: "la
capacidad de la familia de adaptarse y construir a partir de la
adversidad". En forma similar, Helena Combariza menciona: "Al
hablar de resiliencia humana se afirma que es la capacidad de un
individuo o de un sistema social de vivir bien y desarrollarse
positivamente, a pesar de las difíciles condiciones de vida y más aún,
de salir fortalecidos y ser transformados por ellas".
Se puede observar que
estas definiciones aluden a cierta capacidad humana para dar una
respuesta afirmativa a determinadas condiciones materiales y subjetivas
adversas que le ha tocado vivir. Lo cual se ha mencionado, por ejemplo,
resulta una característica muy antigua de los múltiples grupos humanos
en su afán de sobrevivencia y adaptación a variados espacios
físicos-naturales que han ocupado, logrando establecerse y desarrollarse
incluso en las condiciones más agrestes (de clima, pisos ecológicos,
topografía, suelos, etc.), y asimismo, afrontando diversas disputas con
otros grupos humanos por el control y manejo del territorio y los
recursos disponibles.
Este proceso involucró
–en miles de años- que los distintos grupos humanos desarrollaran
capacidad de observación y aprendizaje (prueba ensayo-error), lo que les
permitió generar conocimientos y tecnologías, y desarrollar distintas
formas de organización social para el manejo de los diversos ecosistemas
(por ejemplo, para la agricultura, ganadería, bosques, acuicultura,
etc.) para la producción alimentaria y la satisfacción de sus
necesidades básicas. Es el caso de las poblaciones indígenas andinas y
amazónicas de América del Sur, que aún en condiciones climáticas y
topográficas extremas lograron asentarse y desarrollar culturas
originarias muy importantes, igualmente en el caso de las poblaciones
indígenas en otras regiones del mundo.
Al respecto, se señala
que el concepto resiliencia permite explicar este grado de respuesta y
capacidad de adaptación de los distintos grupos humanos a las
condiciones adversas y variadas que le ha tocado enfrentar, y junto a lo
cual se proponen como otros rasgos complementarios de soporte muy
importantes: la identidad cultural, los valores e historia. Es decir,
rasgos que van muy relacionados con respecto a los espacios ocupados por
estos grupos y que es lo ha dado paso a lo que otros investigadores
denominan como “sentido de pertenencia territorial”. Este rasgo
característico se acentúa cuando es resultado de una expresión grupal de
pertenencia sobre el espacio físico, manifestándose con mayor claridad
en el ámbito de lo colectivo. Algunos sostienen que esta condición ha
facilitado el desarrollo de una “conciencia colectiva sobre el
territorio”, es decir, un sentido colectivo de pertenencia territorial,
y que, por consiguiente, puede contribuir al desarrollo de una
denominada “autoestima colectiva”.
Según lo señalado,
podemos anotar que estos elementos se constituyen en determinantes del
grado de resiliencia de las poblaciones locales en su proceso de
adaptación y sobrevivencia en el espacio y tiempo (a través de la
historia). Arias refiere que estas concepciones nos permiten entender el
concepto de resiliencia “como capacidad, potencial o habilidad de un
sujeto, grupo doméstico o sistema social de adaptarse, y hacerse
superior a la adversidad para continuar su proyecto de vida en el
mundo.” Según este orden de ideas -sostiene Arias-que se desprende
una secuencia lógica de
“capacidad-adaptación-construcción-finalidad”.Sin embargo, el mismo
autor señala que existen otros alcances de la resiliencia y que
constituyen una ruta idéntica que también sigue la inteligencia en su
proceso de expresión del ser. Aspecto que él denomina como “inteligencia
resilente” y –agrega- que no son una expresión propia de los organismos
superiores sino también de especies inferiores como las plantas y
animales. Con esta hipótesis propone que la “inteligencia resilente” se
da no sólo en las situaciones de crisis, si no también en las
motivaciones propias y más profundas del ser.
Alcances
conceptuales de la “resiliencia” en el campo ambiental.
Sobre la resiliencia
encontramos similitudes en las consideraciones planteadas desde el campo
de las ciencias sociales y humanas, sin embargo, nos interesa también
referirnos a sus alcances conceptuales en el campo de las ciencias
naturales. Desde el enfoque de ecosistemas se le consigna una definición
similar a la mencionada en el campo de la física, es decir:“El
grado con el cual un sistema se recupera o retorna a su estado anterior
ante la acción de un estímulo”. La definición alude a la capacidad de
respuesta que los ecosistemas naturales pueden tener frente a
determinados cambios producidos por factores o agentes externos. Es
decir, se refiere a los complejos procesos físicos y ciclos
biogeoquímicos regenerativos que los componentes bióticos y abióticos de
un ecosistema operan -en un tiempo determinado- como respuesta para
recuperar su estado anterior al efecto producido por el factor externo,
y en esa medida tender al equilibrio (siempre en constante cambio).
Por otra parte, es
importante recordar que cada vez resulta más difícil -sino improbable en
el contexto global actual- hablar de ecosistemas naturales (entendidos
en estricto como espacios no intervenidos por el hombre). Lo cierto es
que cada vez es mayor la cantidad de ecosistemas intervenidos, sea en
mayor o menor grado, por las diversas actividades humanas. Situación que
nos plantea algunas interrogantes a considerar con respecto al grado de
resiliencia de un ecosistema natural: ¿Si acaso el grado de resiliencia
de un ecosistema natural es medible y acaso es el mismo cuando es
intervenido por el hombre? ¿De qué magnitud de perturbación del
equilibrio del ecosistema hablamos cuando este es antropizado? ¿La
intervención humana, independiente de su magnitud, es siempre negativa
en todo ecosistema natural o no necesariamente? ¿El grado de resiliencia
de un ecosistema tiene umbrales cuando es intervenido por la actividad
humana? ¿De qué factores depende el mayor o menor grado de resiliencia
de un ecosistema natural con respecto a uno antropizado? ¿En qué medida
el grado de resiliencia de los ecosistemas (naturales y antropizados)
determina condiciones favorables o desfavorables en los procesos de
desarrollo de las comunidades locales? ¿Existe alguna correlación entre
el grado de resiliencia de los ecosistemas y la calidad de vida y
desarrollo de las comunidades locales? Estas interrogantes nos ponen a
consideración algunas ideas iniciales que intentaremos presentar a
continuación.
Con respecto a las
posibilidades de sostenibilidad de los ecosistemas y su grado
resiliencia, sabemos de las graves implicancias ambientales que han
tenido los modelos de desarrollo convencional (basados en indicadores de
crecimiento económico), y que como resultado han incidido en las
denominadas crisis ambientales y energéticas, y por lo tanto, en los
desequilibrios ocasionados en los diversos ecosistemas al nivel mundial.
Leff [3] sostiene que uno de los elementos más importantes de
perturbación del equilibrio de los ecosistemas naturales actuales es el
“proceso de acumulación capitalista”. Afirma que la racionalidad
capitalista induce a la desestabilización del comportamiento natural de
los ecosistemas, es decir, ejerce una mayor presión económica sobre el
ambiente. Sin embargo, al respecto también menciona que existe una
respuesta natural de los ecosistemas a estos desequilibrios, y que
depende de dos cualidades principales: “su resiliencia hacia las
perturbaciones externas y su estado actual de conservación y salud”.
Con respecto a la primera cualidad, Leff sostiene que “La resiliencia
de un ecosistema es su capacidad para mantenerse en un estado similar a
las condiciones de equilibrio estable”.Y con respecto a la segunda
cualidad, agrega: “…el estado de salud o conservación se refiere al
nivel actual del ecosistema en relación con dicho estado de
equilibrio.” Por consiguiente, sostiene “que la resiliencia de un
ecosistema es máxima en aquellas regiones en las que la productividad,
el tamaño de los nichos de las comunidades y las fluctuaciones del medio
son suficientemente grandes, y se reduce al disminuir cualquiera de esos
elementos. De esta forma la resiliencia máxima se da en las zonas
templadas y disminuye mucho en el trópico”.
En nuestro análisis, es
evidente que las actividades humanas de “alta intensidad” en
determinados ecosistemas -sobre todo cuando están relacionados con
procesos productivos asociados al uso de “tecnologías duras” (de alto
riesgo de contaminación) para la extracción-transformación de los
recursos naturales y la producción de bienes y mercancías, así como en
los desechos generados por estos procesos productivos o por sus formas
de consumo-, pueden ser radicalmente diferentes con respecto a las
actividades humanas de “baja intensidad” en ecosistemas similares, en
los que –por el contrario- priman patrones sociales y productivos con
procesos y “tecnologías blandas” (de menor impacto ambiental (innocuas)
y de nivel primario a intermedio) y destinados principalmente a cubrir
necesidades de menor magnitud. Por otra parte, además de la localización
indicada por Leff como una posible condición de incidencia en el grado
de resiliencia de los ecosistemas (es decir, mayor resiliencia en las
zonas templadas y menor en el trópico), es probable que también incidan
la escala y la temporalidad de la actividad humana sobre el espacio
natural intervenido (y los ecosistemas que comprendan dicho espacio),
así como de los procesos tecno-productivos aplicados. En realidad
intervendrán distintos factores (principalmente externos) que en
determinado momento pueden catalizar procesos ascendentes o descendentes
en el grado de resiliencia y estabilidad de los ecosistemas.
Así también, existen
diversos estudios –principalmente desde las ciencias ecológicas- que
evidencian claramente que son los ecosistemas más complejos y
diversificados, los que tienen mayor estabilidad y capacidad de
regeneración y de operar distintos mecanismos dinámicos de equilibrio,
en comparación con los ecosistemas más simples, es decir, los más
artificializados (antropizados). Por lo tanto, podemos suponer que la
resiliencia de un ecosistema natural es mucho mayor cuanto menor es su
grado de antropización, y será mucho menor cuanto mayor grado de
antropización tenga. Según ello podemos explicar en parte por qué
determinados desequilibrios ambientales, sobre todo los producidos por
la actividad humana, no han podido (o aún no pueden) ser revertidos por
completo por la naturaleza (por sí sola). Es probable que la resiliencia
ambiental tenga límites en tanto los modelos de desarrollo convencional
sigan priorizando el crecimiento económico y tasas crecientes de
extracción del stock natural, sin considerar su condición de finitud ni
los costos de internalización por las externalidades negativas
ambientales causadas. Lo cual, por cierto, pone a consideración la
necesidad de cambiar este enfoque tradicional y de aspirar a lograr la
sustentabilidad/sostenibilidad en el marco de modelos de desarrollo
-como el Desarrollo Sostenible- que proponen un enfoque alternativo para
revertir estos problemas.
Al respecto, se conoce
de importantes iniciativas de algunos países y del trabajo persistente
de organizaciones de la cooperación al desarrollo, redes ambientalistas
y otras entidades públicas y privadas y de la sociedad civil, para
lograr, por ejemplo, el cumplimiento de acuerdos internacionales marco
en torno a problemas álgidos como el calentamiento global, conservación
de la biodiversidad, reducción de la capa de ozono, desertificación,
etc., y en torno a los cuales vienen logrando algunos avances
importantes, sin embargo, en el contexto global y debido a los fuertes
intereses corporativos del capital financiero, resultan por cierto
insuficientes.
La “resiliencia”
como indicador del Desarrollo Sostenible.
Castiblanco [4]
señala que para los ecologistas la sostenibilidad requiere de establecer
relaciones dinámicas y a escalas mayores entre los sistemas económicos y
los ecológicos, para así asegurar que la vida humana continúe en forma
permanente y de acuerdo a la diversidad de culturas que existen, y
donde, por consiguiente, los efectos de las actividades humanas no
rebasen límites ambientales que destruyan o minimicen la diversidad, la
complejidad y las funciones propias de los ecosistemas (que son
justamente las que soportan la vida de los distintos organismos).
Acotamos que este criterio de sostenibilidad debe orientar políticas,
estrategias y acciones concretas conducentes hacia su finalidad mayor:
el Desarrollo Sostenible. Al respecto, Castiblanco cita a Common y
Perrings (en Correa, 2003), quienes afirman “la sostenibilidad
ecológica no es un estado que puede ser definido por simples reglas. Se
puede decir que es más bien la resiliencia del sistema la que debe ser
mantenida en el tiempo”. Es decir, en un sentido similar a lo
señalado por Leff en párrafo anterior, se refieren a la capacidad de
estabilidad y de equilibrio de los ecosistemas en un horizonte de
temporalidad.
Con respecto a la
sostenibilidad, los autores citados -Common y Perrings (1992), en
Castiblanco- señalan que la estabilidad y la resiliencia resultan dos
conceptos claves: “La estabilidad se refiere a la capacidad de las
poblaciones para retornar al equilibrio, después de ocurrida alguna
disturbancia o alteración de los ecosistemas. La resiliencia es un
concepto más amplio que mide la propensión de los ecosistemas a mantener
sus principales rasgos después de una alteración”. Y añaden “Que
la resiliencia está relacionada con la diversidad sistémica, con la
complejidad y la interconexidad, sugiriendo que los impactos humanos que
reduzcan esas propiedades deben ser evitados”.
Por lo tanto, podemos
suponer que para aplicar el criterio de sostenibilidad al desarrollo es
necesario previamente considerar el grado de resiliencia y estabilidad
de los ecosistemas, tener claridad que determinados modelos de
desarrollo (sobre todo los que priorizan la variable económica) pueden
ser contrarios a la posibilidad de sostenibilidad de los mismos (sobre
todo de los ecosistemas antropizados, que son los más frágiles) si es
que no existen criterios de racionalidad ambiental en el uso de los
recursos naturales y umbrales razonables de extracción del stock natural
disponible en los espacios de intervención (es decir, considerando su
temporalidad y los costos de reposición si son recursos renovables o no
renovables). Nos referimos a que ya no sólo se privilegia el crecimiento
económico per se sino con relación a su interacción con las otras
variables del campo ambiental y social, en ámbitos territoriales.
Siguiendo el análisis,
Castiblanco menciona que se nos presenta una disyuntiva al querer
establecer nuevas formas de relacionamiento entre lo que denomina el
“capital natural” (la atmósfera, la estructura del suelo, la biomasa
vegetal y animal, las poblaciones de peces, los depósitos de petróleo,
minerales, etc.) y el “capital económico” (la maquinaria,
infraestructura, mano de obra, conocimiento, etc.). Señala que el dilema
se da entre quienes sostienen, por un lado, que el Estado debe
intervenir e invertir en conservar el capital natural y el soporte de la
vida como factor primordial de desarrollo (enfoque ambientalista) y, por
otro lado, de quienes sostienen que el Estado no debe intervenir en
forma preponderante sino que es el libre mercado y la propiedad lo que
debe primar (enfoque economicista). En tal sentido, si bien esta
disyuntiva ya no resulta tan nueva en el debate -considerando la
evolución del tema en por lo menos las últimas cuatro décadas-, se sigue
planteando el dilema de cómo mantener este capital natural sin dejar de
considerar el capital económico en una perspectiva de desarrollo
equilibrado (si cabe el término). Es decir, se plantea la siguiente
cuestión: ¿cómo operar para que la interacción entre sistemas económicos
y ecológicos –y agregaríamos los sistemas sociales- en una perspectiva
de desarrollo sostenible, no afecten de forma negativa la resiliencia de
los ecosistemas en el tiempo? Al respecto, ciertamente existen otras
consideraciones sobre cómo los modelos tradicionales de desarrollo
vienen impactando directamente en el deterioro y desequilibrio de los
ecosistemas y, por lo tanto, en los medios y calidad de vida de las
poblaciones locales (sobre todo de las más pobres). De ahí la
importancia de internalizar nuevos criterios de valoración ambiental en
los procesos de desarrollo.
Si nos referimos al
Desarrollo Sostenible, incorporamos necesariamente las tres dimensiones
de interacción: en el campo económico, social y ambiental. Por ello, el
concepto de resiliencia -entendido en el campo ambiental y social-
resulta clave como un indicador de las posibilidades de mayor
comprensión en los procesos de diagnóstico y, por lo tanto, en la
caracterización sistémica de la dinámica de los ecosistemas al nivel
espacial-territorial: las interacciones e intercambios posibles entre
los sistemas sociales y naturales (sus criticidades y potencialidades).
Es a partir de
estas consideraciones, entre otras referidas al ordenamiento del
territorio, que se podrán articular procesos de planificación concertada
y con participación social para la gestión integrada de los ecosistemas:
en el corto, mediano y largo plazo.
www.EcoPortal.net
Lima, Mayo 2005.
(*) Consultor en
Gestión Ambiental y Desarrollo.
[1] Citados
porCerisola, C. (2003) en “Resiliencia y Programas Preventivos”/
Universidad del Salvador, Facultad de Psicología,10 p.
[2] Citadas por Arias V., C. (2004) “Un punto de vista sobre
la resiliencia”.Lic. En Ciencias de la Educación: Español y literatura
U. de Antioquia, Psicólogo de la U. Católica del Norte, 12 p.
[3] Leff, E. (1986),”Ecología y Capital: hacia una perspectiva
ambiental del desarrollo”, Universidad Autónoma de México, México, pp.
75
[4] Castiblanco R., C. (2003) “Algunos Puntos Cruciales del
Debate: El concepto de Desarrollo Sostenible”, 4 p.
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